jueves, 17 de abril de 2014

Ese impertinente implacable, el Tiempo.

 Os suena esa frase de, “pero que grande está este niño”; o cuando confidencialmente se comenta a “soto voce”,  “se le ve muy mayor ¿no?”. Es inevitable pensar en el tiempo, en el de los demás, claro. Tardamos un poco más en ver el efecto en nosotros mismos. Hasta en detalles de llegar tarde, nos parece menos, que cuando esperamos. Un efecto singular sobre el efecto del paso del tiempo, en periodos cortos o largos. “El que espera, desespera”, debe haber muchos refranes referidos al tiempo, pero este resulta muy gráfico.
 Suelo decirles a mis hijas/os, aprovechadlo, el tiempo no se puede ahorrar, solo se puede gastar.

 Y como todo, es algo finito; solo que tardamos en entenderlo. En nuestros primeros años, pareciera que el tiempo es casi eterno, en lo que a nosotros se refería, como de costumbre, no a los demás, los demás siempre parecen tener un tiempo más limitado; de hecho hemos llegado a sentir, no creer; que son los demás,  los que mueren, “se les termino su tiempo”, aunque algunas veces, con un piadoso, “y no era muy mayor”.

 La edad es como el horizonte, vamos caminando hacia él, pero siempre está a la misma distancia, hasta que llega un momento en que vemos que nos acercamos a él; en esa etapa, donde es mayor el camino recorrido, que el que queda por recorrer. Entonces, el horizonte empieza a acercarse. Y el tiempo cobra un valor, diferente, mucho mas limitado.

 Algunas veces digo que los hijos, son nuestros calendarios, si no fuese por ellos, esa percepción del tiempo, se nos antoja diferente. Cuando sentamos al niño en su cochecito, donde sus pies aún le quedan lejos del reposa pies, parece que en un suspiro, llega el momento en que ya posa sus zapatitos en el reposa pies y sus rodillas están por encima del nivel del asiento y luego ya es un no parar, “como ha pasado el tiempo”, exclamamos, cuando ya están en la universidad, o en sus empleos, o cuando aparecen los nietos en casa; pues, los calendarios. No hay medida más directa para medir el tiempo. “¿Cuándo paso tal cosa?, pues hace tantos años, Pepito, tenía 8 años”,  “¿ha pasado tanto tiempo?, increíble”. No hay forma más efectiva de medir, “nuestros tiempos”. Estos son nuestros calendarios; aunque los espejos también ayudan.

 Recuerdo cuando volví a ver a un amigo muy cercano, después de 10 años, al verlo, se me cayó el alma al suelo, tuve que esforzarme para que no se notara mi asombro, por verle tan mayor; fue toda una lección; mi reacción duro algo menos de algunos segundos, ya que vi con toda claridad, que a él, le sucedía exactamente lo mismo, con respecto a mí. Así que desde entonces, cuando veo a gente que no he visto en mucho tiempo, ya asumo primero que nada, que los dos nos encontraremos pintados por la patina del tiempo. Aunque hay algunas personas, y no me refiero a “Dorian Gray”, que llevan los años sin que se les note en absoluto. Con esta gente que tiene esa fortuna de conservarse tan espléndidamente, te sucede que aunque sean bastante mayores que tú, parece que con el tiempo les has alcanzado y rebasado y el mayor pareces tú. Si, conozco a alguien así y os aseguro que no tiene en casa, ningún cuadro macabro. (Saludos Pepe, un primo).


  En fin, eso de lo que tanto hablamos, tanto más, como tanto menos sea nuestro horizonte, parece razonable que no nos preocupemos de el muy pronto, quizás nos coartaría los grandes planes intemporales, que nos ilusionan y ocupan en los primeros tiempos; aunque hay quien podría decir, que esta falta de preocupación, también lleve implícita una falta de previsión; pero ¡qué narices!, para cuatro días locos que vamos a vivir, como dice la canción, pues ¡a vivir, que son dos  días! Disfrutemos el instante.                 

 El tiempo siempre, ya ha pasado.

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